Hacinamiento, peleas, filas por comida e incertidumbre: la dramática rutina en los refugios de La Guaira tras el terremoto

EL MUNDO · 1/7/26, 10:37 p. m. · Fuente: Los refugios temporales continúan albergando a miles de personas que perdieron sus viviendas a causa de los terremotos registrados en La Guaira (REUTERS)
Hacinamiento, peleas, filas por comida e incertidumbre: la dramática rutina en los refugios de La Guaira tras el terremoto

A una semana de los terremotos que devastaron gran parte de La Guaira, miles de personas continúan viviendo en refugios improvisados instalados en escuelas, polideportivos, estadios y otros espacios públicos. Allí, la rutina transcurre entre largas filas para recibir alimentos, colchones distribuidos sobre el piso, carpas levantadas de manera provisoria y la incertidumbre sobre cuándo podrán regresar a un hogar o acceder a una vivienda. Mientras siguen llegando donaciones de particulares, organizaciones humanitarias y gobiernos extranjeros, quienes permanecen en esos centros de acogida relatan que las necesidades diarias siguen siendo numerosas.

Uno de los principales refugios funciona en el Polideportivo José María Vargas, ubicado cerca del aeropuerto internacional de Maiquetía. Desde el día siguiente a los sismos, el complejo alberga a unas 1.700 personas que perdieron sus casas o no pueden regresar a ellas por los daños estructurales. En las canchas y espacios comunes se instalaron carpas y colchones, mientras un gran toldo protege a los residentes del intenso calor de la costa.

“Aquí dan provisiones, pero a veces se matan por la comida (...), esto es como una gallera”, cuenta mientras espera recibir un sándwich y una manzana. Por las noches, explica, duerme por turnos junto a su novio para vigilar las pocas pertenencias que pudieron rescatar.

Las dificultades también alcanzan la distribución de la ayuda. Yohana Álvarez, otra de las personas alojadas en el polideportivo, sostiene que la organización cambió con el correr de los días.

“Al principio era todo muy bien, pero después empezó una mala organización que primero los propios militares agarraban sus cosas y después nosotros las sobras”, dice.

En otros sectores del refugio, las familias intentan adaptarse a una convivencia forzada con cientos de desconocidos. Albeth Chirinos comparte el espacio con su madre y relata que los horarios para recibir alimentos son irregulares. “A veces no comemos nada en el día, sino que vienen en la madrugada a darnos”, explica. Aun así, asegura que espera que continúe llegando asistencia. “Estamos aquí esperando que nos sigan apoyando”, agrega.

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