A ocho meses de las elecciones provinciales, el mapa político jujeño empieza a mostrar sus primeras certezas y, sobre todo, sus incertidumbres más profundas. El oficialismo llega a este tramo con la ventaja de la calma: en el Frente Jujuy Crece prácticamente nadie duda de que Carlos Sadir buscará un nuevo mandato —acompañado en la fórmula por Alberto Bernis—, con mayo apareciendo como la ventana más probable para convocar a las urnas. Con ese respaldo institucional y el control de la agenda local, el oficialismo con Sadir a la cabeza aparece por ahora como claro favorito a ganar las elecciones de mayo de 2027, aunque todavía restan varios meses de campaña y el tablero opositor guarda algunas cartas impredecibles.
Esa certeza no es menor en un distrito donde la discusión de fondo suele resolverse antes de la campaña: el radicalismo llega con la estructura territorial más sólida de la provincia y con una gestión institucional estable, sustentada precisamente en la fórmula Sadir-Bernis, el mismo activo que en 2023 le permitió retener la gobernación pese al desgaste de ocho años de gestión. Con la cabeza de la boleta resuelta, la verdadera incógnita se traslada hacia abajo: fundamentalmente, quién encabezará la candidatura a intendente de la capital, en una provincia donde el radicalismo aprendió, a fuerza de derrotas, que el internismo es la fórmula más segura para perder terreno.
Enfrente, el escenario libertario es bastante más volátil, y ahí es donde empieza a jugarse el partido más interesante de cara a 2027. Después de la derrota provincial de mayo de 2025, La Libertad Avanza dio una vuelta de campana y capturó dos de las tres bancas en juego en la elección nacional de octubre, superando el 37% de los votos y sacándole 17 puntos al frente oficialista. Ese resultado le permitió consolidarse como la principal fuerza opositora de la provincia y proyectar una agenda propia con eje en la Boleta Única de Papel, desregulaciones y una reforma tributaria. Pero esa envión nacional choca de frente con una realidad que inquieta a sus propios referentes: la imagen negativa de Milei —que ya ronda el 63% y no detiene su descenso en las últimas mediciones— golpea de lleno las expectativas provinciales. Allí, la dirigencia libertaria jujeña empieza a sacar una conclusión incómoda pero necesaria: colgarse solo de la marca presidencial no alcanza para ser competitivos en una elección donde pesa más la gestión local que el humor nacional. A esa fragilidad estructural se suma un problema puertas adentro: las internas propias del espacio en Jujuy, que todavía no logran resolverse, restan margen para consolidar liderazgos territoriales genuinos justo en el momento en que más los necesita.
El cuadro más preocupante, sin embargo, aparece del lado del justicialismo. El PJ sigue resistiéndose sistemáticamente al debate interno, y esa resistencia lo va reduciendo a un sello cada vez más vaciado de aparato territorial, mientras que el peronismo real —el que efectivamente moviliza votos— se dispersa en diásporas cada vez más difíciles de reconciliar. El dato que debería inquietar más a la dirigencia justicialista es sencillo y contundente: un PJ sin el peronismo detrás no es competitivo. Que algunos dirigentes sigan hablando de una lista única, sin que eso se traduzca en los hechos en una lista de unidad, no hace más que confirmar el diagnóstico: se discute la forma mientras se posterga el fondo, que es la reconstrucción de una base electoral hoy completamente atomizada.
A este complejo tablero se suma, además, un fenómeno que todas las encuestas a nivel nacional registran con nitidez: el marcado y sostenido crecimiento de la izquierda. Mientras el peronismo se desintegra en fracturas internas y las dos fuerzas mayoritarias polarizan en torno a la gestión, los espacios de la ultra izquierda —tanto los partidos tradicionales como los nuevos colectivos— vienen capitalizando el voto del descontento estructural y la desafección ciudadana. Ese ascenso, que ya es una tendencia consolidada en los sondeos de todo el país, empieza a tener réplicas en el interior profundo, y Jujuy no escapa a esa regla: aunque con pesos históricamente menores, la izquierda aparece como un factor de perturbación que podría desacomodar los pronósticos más lineales para la provincia. También hay que decir que los escollos de la izquierda están en la propia izquierda: primero, por un internismo absurdo; luego, por una extrema radicalización del discurso, donde se paran a la izquierda de Kim Jong‑un. La izquierda sigue soñando con la revolución proletaria y el caos.
A ese panorama se suman dos novedades que, aunque de distinto calibre, pueden incidir de lleno en el armado provincial. Por un lado, se espera para la última semana de agosto el desembarco en Jujuy de referentes de Consolidación Argentina, el espacio que promueve la candidatura del pastor Dante Gebel. La movida, que mantiene un perfil deliberadamente bajo y sobre la que aún han trascendido muy pocos datos, tendría como objetivo mantener encuentros con dirigentes del peronismo que hoy se encuentran fuera del PJ, una jugada que aprovecha precisamente la diáspora que el justicialismo no logra recomponer. Por otro lado, en el plano nacional —pero con evidentes ramificaciones locales— el pastor evangelista Dante Gebel sigue evitando confirmar si competirá en 2027, aunque su entorno ya ordena un espacio político que actúa como si la candidatura fuera un hecho. La estrategia que impulsa su círculo cercano es avanzar en la construcción territorial y en la instalación pública de su figura mientras él mantiene el hermetismo. Consolidación Argentina continúa organizando encuentros, mesas promotoras y actividades en distintas regiones del país, lo que sugiere que el espacio busca consolidar una red propia que, eventualmente, podría cruzar el umbral electoral en Jujuy y otras provincias.
Si este escenario se sostiene hasta mayo, la elección de 2027 en Jujuy podría dejar de ser una mera disputa a dos bandas entre el oficialismo radical y La Libertad Avanza. La irrupción de la izquierda, sumada a las movidas de Consolidación Argentina y el fenómeno Gebel —que ya coquetea con los peronistas huérfanos— abre un abanico de posibilidades que ninguno de los espacios puede ignorar. Para el oficialismo, el desafío pasa por transformar la tranquilidad actual —y su condición de favorito— en una demostración de renovación, y allí la fórmula Sadir-Bernis deberá jugar un rol central para transmitir continuidad y proyectos frescos, particularmente en la capital. Para La Libertad Avanza, el desafío es doble: construir referentes propios capaces de sostener la marca más allá del humor con Milei, y resolver sus tensiones internas antes de que el desgaste nacional termine erosionando su piso provincial. Y para el PJ, el desafío es directamente existencial: sin resolver la orfandad de un peronismo disperso, ninguna lista —unitaria o no— alcanza para volver a ser una alternativa real de poder en Jujuy.
